La gran estafa de la obsolescencia programada

“Antes las cosas duraban más”. ¿Acaso se trata del típico slogan derivado de “todo tiempo pasado fue mejor”? Esta vez, esa frase tan repetida y conocida es verdad. ¿Quién no recuerda haber comprado alguna vez un producto con cinco, diez años de garantía? Las marcas solían jactarse de la alta durabilidad de sus productos y así obtenían su prestigio entre los usuarios. Pero un día, eso cambió y la durabilidad dejó de formar parte del discurso publicitario para quedar en el olvido, como un recuerdo difuso, casi como una vieja leyenda urbana.

El documental “Comprar, tirar, comprar: La historia de la obsolescencia programada” muestra cómo las empresas fabrican productos de consumo con un plazo de deterioro previsto de antemano, para así forzar al consumidor a adquirir uno nuevo. Pero, ¿de dónde salió esta idea? Todo comenzó con las bombillas eléctricas.

Los orígenes de la conspiración

La palabra cártel tiene dos significados que quizás no distan mucho entre sí. El que todos conocemos es aquel que se refiere a un cártel como una “organización ilícita vinculada al tráfico de drogas o de armas”[1]. El otro significado tiene que ver con un pacto entre empresas similares que acuerdan regular la producción, la venta y los precios dentro de su rubro para así evitar la competencia. Pero ¿qué tiene que ver un cártel con la obsolescencia programada?

Hacia principios de la década de 1920, los ejecutivos de las más grandes compañías eléctricas celebraron un acuerdo por el cual se comprometían a fijar los precios de manera conjunta y a establecer las normas de producción de las bombillas. Una de las normas establecidas fue la de reducir la vida útil de las bombillas eléctricas de 2500 a 1000 horas. Esa reunión, que ocurrió en Suiza, dio origen al cártel de Phoebus[2], el primer cártel global que reguló y estandarizó formalmente las primeras pautas de la obsolescencia programada. El líder e ideólogo del cártel de Phoebus fue el entonces presidente de Osram, William Meinhardt. Entre las empresas que conformaron este cártel se encontraban Philips y General Electric entre otras. El cártel de Phoebus ejerció un férreo control sobre la producción de bombillas, castigando incluso con multas a quienes fabricaran bombillas que duraran más o menos tiempo que el acordado.

Durante el corto reinado del cártel de Phoebus, las ventas de sus asociados se multiplicaron. Pese a que sus cabecillas tenían grandes planes, el cártel se fue debilitando por diversas causas: la pérdida de patentes, las discordias entre sus miembros, los problemas legales con Estados Unidos y, finalmente, la Segunda Guerra Mundial. El pacto que debía durar hasta 1955[3] fue anulado en 1940. Pero lo que perduró fue su legado: un fraude de proporciones titánicas y un nefasto precedente para que cualquier fabricante de cualquier cosa decidiera simplemente acortar la vida útil de sus productos con la finalidad de aumentar sus ventas.

Las diferentes aristas de la obsolescencia programada

Hoy en día la obsolescencia programada se encuentra en una enorme multiplicidad de aparatos. Es muy común encontrarla en las impresoras, los automóviles, los electrodomésticos y los aparatos electrónicos. Se trata de un secreto a voces que las empresas comparten y que los consumidores aceptan con la cabeza gacha, impotentes ante la voluntad de los gigantes. Hoy en día, todos los poseedores de impresoras han sufrido la obsolescencia programada del aparato en mayor o menor medida. Incluso se pueden encontrar soluciones al problema y devolverle la vida a un aparato que parecía ya inútil. La obsolescencia programada se ha convertido en una de las mejores estrategias del capitalismo, al punto de que en la actualidad no podría sobrevivir sin ella.

En efecto, la sociedad actual, en el marco de la globalización, tiene un fuerte componente consumista que sostiene al modelo de negocios cuya premisa fundamental es “vender, vender y vender”. Hace algunas décadas atrás esto no representaba ningún problema, ya que no parecía tener importantes consecuencias más allá de la estafa a los consumidores, la corrupción y la absoluta ausencia de ética empresarial. Pero la obsolescencia programada es la pieza clave dentro del sistema de producción lineal que está siendo cuestionado cada vez con mayor firmeza.

Y es que la necesidad de migrar hacia un sistema de producción cíclica y de adoptar prácticas sostenibles es realmente una necesidad imperiosa. En un mundo en donde se plantean escenarios apocalípticos de grandes carencias, escasez de recursos, extinciones, tierras devastadas, recursos arrasados y millones de personas que no tienen cubiertas sus necesidades básicas, la cuestión de la obsolescencia programada adquiere una dimensión social de gran trascendencia.

Muchas veces es difícil determinar hasta qué punto la gente reemplaza sus aparatos porque estos sufren averías o por voluntad propia. En efecto, se suele asociar a la obsolescencia programada con fallas en el funcionamiento de los aparatos, sin embargo, se puede encontrar en productos que no son tecnológicos. Por ejemplo, cuando un pantalón se desgasta excesivamente y se rompe antes del primer año de uso, estamos ante un ejemplo de obsolescencia programada. Las prendas de vestir son un excelente ejemplo de cómo se baja la calidad de las materias primas con el objeto de reducir la vida útil del producto y obligar al consumidor a adquirir uno nuevo. Es más, ya no es necesario fabricar un pantalón con tela de baja calidad para acortar su vida útil: las modas son una forma de obsolescencia programada.

Las modas atraviesan no solamente a las prendas de vestir, sino también a los aparatos tecnológicos. En la actualidad, las empresas de tecnología han emprendido una abierta carrera por sacar aparatos en períodos cada vez más cortos. A su vez, los aparatos no son muy diferentes los unos de los otros, es decir que no incluyen progresos tecnológicos sustanciales. El mercado de los smartphones es un claro ejemplo de este modelo de negocios. En todos estos casos, se crea una fiebre consumista y los usuarios reemplazan sus aparatos por otros más nuevos voluntariamente.

Sin embargo, en otra clase de artefactos, como los electrodomésticos, se puede observar con mayor claridad el detrimento de la calidad de los productos. Productos como lavadoras o refrigeradores cada vez son reemplazados con mayor frecuencia a causa de problemas técnicos. Estos aparatos no están tan fuertemente atravesados por las modas y la gente no los cambiaría con tanta frecuencia si no se viera obligada a hacerlo. Un estudio realizado por la Universidad de Berlín y el Öko-Institut que se publicará a fines de este año[4] demostró que los usuarios cambian sus electrodomésticos y aparatos tecnológicos más a menudo y eleva el cuestionamiento de si tales reemplazos se deben a la obsolescencia programada. Inicialmente, se observó que el porcentaje de electrodomésticos que deben ser cambiados antes de los cinco primeros años de vida se ha duplicado entre el 2004 y el 2012, y lo mismo se puede decir de las computadoras y los televisores.

Pero, ¿cabe afirmar que los fabricantes intencionalmente disminuyen la calidad de sus productos? Si bien todavía no están disponibles los resultados del estudio, los datos preliminares indican que han ocurrido cambios. Dejando de lado el tipo de avería de los productos, es posible observar otros factores asociados que arrojan luz ante esta interrogante. Por ejemplo, el hecho de que los aparatos ya no incluyen manuales que detallen su funcionamiento y su estructura. Por otro lado, es muy frecuente que reparar un aparato sea más caro que comprar uno nuevo o que no haya disponibilidad de las piezas necesarias para efectuar su reparación. Respecto de estos factores, la intencionalidad de la industria es evidente.

El mapa actual de la obsolescencia programada y el futuro del mundo

¿Alguna vez nos preguntamos a dónde van a parar los aparatos que descartamos, ya sea por fallas técnicas o por voluntad propia? La respuesta es otro secreto a voces: mayoritariamente, la basura electrónica es enviada a África[5] y a algunos países de Asia.

El barrio de Agbogbloshie, en Accra, capital de Ghana, es uno de los basureros de electrónica más grandes del mundo. Millones de aparatos desechados por los países europeos son enviados ilegalmente a lugares como Agbogbloshie, destrozando el medio ambiente, contaminando el agua, el aire y deteriorando severamente la calidad de vida de sus habitantes, gente que vive en condiciones de pobreza extrema y que se encuentra en contacto permanente con toda clase de desechos tóxicos.

El Convenio de Basilea[6] es un tratado multilateral que apunta a controlar los movimientos transfronterizos de desechos tóxicos. Se trata de un protocolo de seguridad que busca proteger al ser humano y al medio ambiente de los daños que producen los desechos tóxicos y busca no solamente evitar que países desarrollados exporten basura electrónica, sino también que los Estados controlen su propia producción de desechos tóxicos y los eliminen de manera segura y responsable. Pese a que las Naciones Unidas han firmado este protocolo, los países continúan evadiendo su responsabilidad y enviando millones de toneladas de basura electrónica disfrazada de donaciones para los países en vías de desarrollo.

Según un estudio de las Naciones Unidas[7], en el 2014 se generaron 41.8 millones de toneladas de desechos electrónicos y se espera que para el 2020 se generen más de 50 millones de toneladas. La enorme cantidad de basura electrónica contrasta con la pobreza en la regulación y el tratamiento de tales desechos.

Queda claro que la obsolescencia programada es un problema a nivel mundial y requiere la adopción de medidas urgentes. La voz ha comenzado a elevarse y se ha manifestado en la legislación de algunos países. Por ejemplo, en Francia se aprobó una legislación que prohíbe la obsolescencia programada y castiga con multas de hasta 300’000 euros e incluso la prisión a quienes deliberadamente limiten la durabilidad de un producto. Ecuador también se ha sumado a la iniciativa y actualmente está trabajando en un proyecto de ley (en una wiki[8]) que establece que “Las instituciones públicas deberán realizar un control aleatorio de sus bienes ex post a la adquisición, para verificar que estos no sufran de obsolescencia programada […]”, entendiendo obsolescencia programada como “[…]el conjunto de técnicas mediante las cuales un fabricante, importador o distribuidor de bienes, en la creación o a través de la modificación del producto, reduce deliberadamente e injustificadamente su duración con objeto de aumentar su tasa de reemplazo.”

Pero también los usuarios deben dar un gran paso en defensa de sus derechos. Está claro que cuando una computadora sufre una falla durante los tres primeros años de vida o cuando un gran electrodoméstico deja de funcionar antes de los cinco años, no se están satisfaciendo adecuadamente las necesidades de los usuarios. Y no solamente por estas causas: la falta de repuestos, la ausencia de manuales técnicos, el elevado costo de reparación son factores que no pueden ser tomados sino como un fraude a gran escala en contra de los mal llamados consumidores. El consumo responsable es un imperativo en la sociedad global actual, ya que además la obsolescencia programada trae aparejadas gravísimas consecuencias sociales y medio ambientales que no pueden seguir siendo ignoradas. Es claro que lo que está en juego es el modelo en sí mismo, y no está mal que así sea: estos cuestionamientos generados por la toma de conciencia de la situación actual son el motor de cambio que llevará a la sociedad a vivir ese estilo de vida sustentable que se ha convertido en el único camino posible para evitar que se termine ahogando en sus propios aparatos.

Referencias

[1]http://lema.rae.es/drae/?val=c%C3%A1rtel

[2]http://spectrum.ieee.org/geek-life/history/the-great-lightbulb-conspiracy

[3]http://ecmweb.com/lighting-control/lightbulb-cartel-dark-spot-lighting-history

[4]http://www.oeko.de/en/press/press-releases/archive-press-releases/2015/reality-check-obsolescence/

[5]http://www.dailymail.co.uk/news/article-3049457/Where-computer-goes-die-Shocking-pictures-toxic-electronic-graveyards-Africa-West-dumps-old-PCs-laptops-microwaves-fridges-phones.html

[6]http://www.basel.int/Portals/4/Basel%20Convention/docs/text/BaselConventionText-s.pdf

[7]http://i.unu.edu/media/unu.edu/news/52624/UNU-1stGlobal-E-Waste-Monitor-2014-small.pdf

[8]http://coesc.educacionsuperior.gob.ec/index.php/C%C3%B3digo_Org%C3%A1nico_de_Econom%C3%ADa_Social_del_Conocimiento_e_Innovaci%C3%B3n

Imagen

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/1/14/Product_piracy_of_consumer_electronics.JPG

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