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¿Quién teme a la pena de muerte en Indonesia?

Ya es más que una docena de personas muertas en 2015 en Indonesia, después de haberles aplicado la pena de muerte por traficar drogas. Peticiones solicitando un perdón no ayudaron, con más personas esperando su turno a ser ejecutadas.

La ley antidroga en Indonesia es extremadamente restrictiva. Tener siquiera un poquito de drogas puede resultar en la pena de muerte. En mi nuevo libro de reportaje y viajes “El archipiélago de islas por desaparecer” (Archipelag znikających wysp en el original polaco) describo la pena de muerte como sigue:

Bajando del avión el primer eslogan que te encuentras en el aeropuerto Soekarno-Hatta en Yakarta es el siguiente: Bienvenidos a Indonesia”, seguido por uno mucho más siniestro: “Traficar drogas se castiga con la pena de muerte”. En otras palabras: la pena capital por tener cualquier tipo de drogas, incluso tan populares como la marihuana. Koka, la designación local de cocaína, putaw, o sea heroína y shabu-shabu, que significa la anfetamina, no son bienvenidas en Indonesia. Pero, ¿cuál es la realidad del asunto? En las práctica, después de permanecer en la cárcel un tiempo de aplazamiento de la sentencia y esperar la comprobación de culpabilidad por el Ministerio de Justicia de Indonesia, el preso se entera que ha llegado su tiempo. Pero no puede contar con la silla eléctrica o métodos químicos, considerados más humanitarios”. Personas sorprendidas con drogas por definición no tienen moral, así que merecen un encuentro cara a cara con doce soldados, quienes aplican la pena de muerte por fusilamiento. La mitad tiene municiones reales, la otra mitad dispara con balas de salva. De tal manera que, los que jalan el gatillo no sufren de consiguientes remordimientos. Los soldados disparan una sola vez, apuntando hacia el pecho. Si por alguna razón el condenado no murió, el comandante debe dispararle en la cabeza.

Hoy en día la lista de espera para la pena de muerte, aplicada tradicionalmente en la isla Nusa Kambangan, está repleta de traficantes. El caso de dos australianos, Andrew Chan y Myuran Sukumaran, fue particularmente perturbador para el mundo. Los dos hombres esperaron 10 años en la cárcel y tras un proceso prolongado finalmente fueron fusilados el 29 de abril de 2015. El caso fue lo suficiente controversial para que el gobierno australiano pidiera clemencia para sus ciudadanos. En casos anteriores, como fue la fusilada holandesa Ang Kiem Soe, hasta el rey de Holanda, Willem-Alexander, reclamaba perdón de manera personal; sin resultados. La tensión causada por estos incidentes llevó a Brasil y Holanda a retirar sus embajadores de Indonesia, después de que sus ciudadanos fueran ejecutados a principios del 2015. Los representantes de Brasil sostenían que el hecho tendría un “impacto negativo” en las relaciones entre ambos países. Es de notar el hecho de que en Brasil también se aplica la pena de muerte, aunque no por posesión o tráfico de drogas.

La única persona con el poder de revocar la pena de muerte en Indonesia es su presidente. Sin embargo, Joko Widodo decidió no ejercer su derecho a la clemencia. Los australianos hicieron todo lo legalmente posible para posponer la ejecución. Su abogado incluso solicitó al grupo de rock Metallica ayuda con la clemencia (el presidente indonesio Joko Widodo es un gran fan), mientras que cartas pidiendo perdón presidencial llegaban de personajes como Tony Iommi de “Black Sabbath”, o Barney Greenway de “Napalm Death”. A pesar de todo, el intento de traficar 8 kilógramos de heroína fue debidamente castigado. La sentencia se llevó a cabo. Para hacer el asunto más confuso aún, Indonesia tiene una política de luchar con todos sus recursos para solicitar clemencia con sus ciudadanos atrapados en el extranjero por ofensas similares. ¿Será esto una muestra clásica de hipocresía?

Indonesia es uno de los 60 países que aún aplican la pena de muerte, según los datos de Amnesty International. En el mundo, 140 países ya revocaron el uso de tal castigo. El presidente indonesio Joko Widodo pertenece al grupo de partidarios de la pena de muerte y mantiene su posición de castigos fuertes a los presos narcotraficantes. Entre 1999 y 2014 Indonesia ejecutaba un promedio de 2 personas, con un total de 27 personas ejecutadas. 

En 2015 ya es una docena de personas y es solamente el inicio, porque el presidente indonesio quiere saldar las cuentas con traficantes de drogas. Hay alrededor de 50 reclusos esperando la pena de muerte y Widodo declara de antemano que no habrá clemencia para ofensas vinculadas con la droga, porque, como lo afirmó en una entrevista: “esa gente ha arruinado la vida de muchas personas”. Indonesia quiere proteger las siguientes generaciones de jóvenes de las drogas, enviando una señal muy clara sobre las consecuencias de no respetar su ley. En algunos lugares, como Jambi, una ciudad de medio millón de habitantes al este de Sumatra, se lleva a cabo acciones como pruebas de orina obligatorias para estudiantes de preparatoria y las universidades municipales. El objetivo de esta campaña es seleccionar a los estudiantes quienes se drogan de manera regular y destruir la red de dealers en la ciudad.

Castigos fuertes por drogas tienen una explicación histórica en Indonesia. A principios del siglo XX, antes de la Primera Guerra Mundial, Indonesia era una colonia holandesa y el centro mundial de le producción de hojas de coca, que se procesaba y consumía en Ámsterdam en forma de cocaína. Por ello, Holanda hasta el día de hoy es reconocida por su actitud liberal hacia el consumo de drogas y como un lugar donde se permiten muchos vicios. Después de haber ganado la independencia en 1945, Indonesia decidió construir un país libre de drogas. El Islam, la religión mayoritaria del país, tradicionalmente está en contra del uso de drogas y otros estimulantes como la cerveza o el vino. El resultado de este pensamiento son altos impuestos por la venta de alcohol, con tasas mayores que 100%. Con base en los resultados de encuestas públicas podemos constatar que alrededor de 70% de la sociedad indonesia está a favor de la pena de muerte. Muchos ciudadanos del país asiático dicen que si el presidente de Indonesia no se encarga de las drogas, y no es muy decidido en su lucha, las ciudades indonesias se volverán cada vez más parecidas a Bogotá o La Paz.

Además, es difícil entender la presión ejercida sobre Indonesia para revocar la pena de muerte. Para dar un ejemplo, desde la década de 1970 Estados Unidos ha ejecutado más de mil personas, varias veces más que la cantidad correspondiente en Indonesia. Desde el inicio del 2015 ya 54 personas fueron ejecutadas en Arabia Saudita. Mientras tanto, la presión sobre Indonesia es mucho más visible y hace sospechar sus motivos. En el mundo hay cada vez más países sin la pena de muerte y seguimos observando más “conversiones” a ese grupo. Hasta el presidente de Indonesia, Joko Widodo, ha tenido sus dudas, dando a entender que si los indonesios cambian de opinión y estuvieran contra la pena de muerte, él respetaría su decisión. En última instancia, la decisión es de las autoridades y las personas detrás de ellas, como lo es cotidianamente en la democracia.

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