Las “crisis de la deuda”, un mal recurrente

Durante buena parte de los setenta el mundo vivió años de crédito abundante y barato que estaban al alcance de cualquier economía. El dinero provenía principalmente de los países petroleros, beneficiados por el alza de los precios internacionales del crudo luego de la “crisis del petróleo”, el aumento de su capacidad de negociación mediante la creación de organismos multilaterales como la OPEP y la dependencia de las economías a este recurso.

El crédito fluyó desde los bancos hacia las economías emergentes. Los países latinoamericanos -gobernados en su gran mayoría por dictaduras militares- recibieron esto como una bendición y comenzaron a endeudarse fuertemente.

Cuando a comienzos de la década de 1980 el grifo de dinero se cortó, los intereses comenzaron a dispararse y el dinero recibido en el pasado, mal utilizado, se convirtió en una carga pesada para la mayoría de los países subdesarrollados, en donde se desataron “crisis de deuda”, término utilizado para referirse a las situaciones en que un país no es capaz de afrontar las deudas contraídas y no puede conseguir en el exterior nuevos préstamos a tasas razonables,  lo que termina arrastrándolo a una dura recesión.

En 1982, México declaró el default e inició una epidemia que se contagió rápidamente a la mayoría de los países en desarrollo como Argentina, Brasil, Perú y otros  más, que vieron cómo el crédito se volvía cada vez más costoso y sus enormes vencimientos no podían seguir siendo refinanciados con nueva deuda.

Los ochenta son conocidos como “la década perdida” de las economías latinoamericanas,  el producto se estancó y para complicar más las cosas el precio internacional de la mayoría de los commodities se mantuvo relativamente bajo durante el período. Recién a fines de la década, con el triunfo de Estados Unidos en la Guerra Fría y el reacomodamiento mundial ocurrido durante los noventa, la situación pareció reacomodarse.

Sin embargo, esta recuperación se logró gracias a que los créditos internacionales habían vuelto a hacerse accesibles para los países emergentes. Nuevamente México afrontó inconvenientes con su deuda y realizó una fuerte devaluación. Esto aumentó el riesgo de que otros países tomaran decisiones similares. La crisis del “tequila” es la primera de varias que marcan el fin del  siglo, la de los países asiáticos, la del “Vodka”,  y el efecto “Samba” (en Brasil) y “Tango” (en Argentina), mostraron nuevamente los problemas derivados de la fuerte dependencia respecto de créditos externos provenientes de la especulación financiera, acompañados de malas planificaciones de política interna, que a su vez eran respaldadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI).

La última década fue más benévola para los países emergentes. los precios de las materias primas alcanzaron máximos históricos y con la crisis subprime afectando al mundo desarrollado, los créditos volvieron a ser accesibles para muchas economías.

El caso griego tiene algunas similitudes a lo que pasó en Argentina a fines de los años noventa, cuando el país se ató a un tipo de cambio fijo más alto que el que le permitiría a su economía ser  competitiva con otros países y se abrazó gustosa a los préstamos para financiar su gastos cada vez mayores. Luego de  2009, el mundo empezó a tener más reparos con los países europeos y Grecia entró en una profunda crisis, la economía no competitiva se resintió y el gobierno fue obligado a llevar una política de austeridad que sólo profundizó la recesión.

Las alternativas que Grecia enfrenta son dos: o el resto de Europa decide sostenerla, haciéndose cargo de parte de la deuda (vía una restructuración-) o el país abandona el bloque europeo, recupera la libertad monetaria e inicia una política expansiva de tipo keynesiana que reactive su economía.

El 5 de julio se realizaron unos comicios claves en el país helénico para saber si se aceptaba el plan de austeridad del FMI o si lo rechazaba. El pueblo dio un fuerte respaldo al primer ministro Tsipras y el “no” ganó con un 60%. Era probable que si hubiera ganado el “sí”, tanto él como parte de  SYRIZA (el partido con el que a comienzos de año ganó las elecciones) renunciaran. Para evitar esto, el 30 de junio Tsipras convocó a una reunión urgente de las autoridades europeas para conseguir un nuevo rescate que no involucrara al FMI y la promesa de una restructuración de la deuda en el futuro cercano. Esto no fue aceptado por los demás países, dejando a Grecia en una situación complicada. La única alternativa que le quedaba a Tsipras era una victoria arrolladora del “no” en el referéndum, que demostrara al resto de Europa que el pueblo griego está realmente dispuesto a salirse del bloque.

La situación es compleja y puede verse reflejada en los mercados internacionales, donde las bolsas han caído y ha aumentado la demanda de dólares como medio de resguardo ante el desenlace incierto. La decisión que tome Grecia será clave para el futuro, no sólo del país si no de la Unión Europea y quizá de otros países según la repercusión que tenga en los mercados de capitales, que podrían iniciar un efecto dominó en otras naciones endeudadas que se verían tentadas a devaluar sus monedas.

Luego de los resultados electorales, Grecia volvió a presionar por un nuevo acuerdo ante la Unión Europea, que parece mantenerse dura por temor a futuros pedidos que puedan hacer otros miembros si saben que el organismo supranacional termina cediendo a sus presiones. Con el fin de facilitar las conversaciones, el ministro de economía Yanis Varoufakis presentó su renuncia el lunes posterior a la votación, para facilitar las negociaciones multilaterales. Tras la renuncia, se anunció que Euclides Tsakalotos, un hombre con experiencia en relaciones económicas internacionales, ocuparía el cargo vacante para dirigir una nueva etapa de negociaciones.

Así, el jueves 9 de julio Grecia presentó a la Unión Europea un nuevo acuerdo en el que se aceptan muchas de las medidas de ajuste a las que el referéndum dijo “no”, como son el aumento de la alícuota del IVA, privatización de algunas empresas públicas y recortes en jubilaciones, aunque con algunas salvedades a las propuestas originales. A cambio, Tsipras pide un rescate de 50 mil millones de euros, que permitiría afrontar las obligaciones que el país tiene en los próximos tres años y daría margen de maniobra para realizar política de estímulos. La mayor parte de los miembros del bloque han visto la propuesta con buenos ojos, especialmente Francia, que está intentando acercar a ambas partes y evitar la salida de los helénicos, que  crearían dudas en los mercados sobre el futuro del bloque. En una clara señal de esto,  Emmanuelle Macron, ministro de Economía de ese país, aventuró que de no tomarse las medidas adecuadas en los próximos diez años podría no existir la Unión Europea. Sin embargo, Alemania sigue mostrándose inflexible en cuanto a las concesiones y también quedan dudas de si el parlamento griego controlado por los sectores más de izquierda de Syriza, terminará por convalidar este acuerdo en el que se aceptan muchas de las condiciones impuestas por los acreedores.

Las crisis de deuda son un problema en las economías modernas y en los últimos treinta años se han vuelto moneda común en todo el mundo, donde los Estados poseen niveles de endeudamiento cada vez mayores.

El panorama se agrava para los países que no pueden afrontar sus pagos por la falta de normativas internacionales de las cuales valerse para renegociar deudas. Esto quedó claro en la experiencia Argentina.

La lógica de los mercados hace que los países emitan deuda, aceptando la jurisdicción de otro país (normalmente Estados Unidos o Inglaterra) para poder hacer la colocación de la misma quedando a disposición, ante eventuales reclamos, de los jueces que tengan competencia en ese lugar.

La Argentina en 2001, en medio de una crisis económica e institucional -en la que se tuvieron cinco presidentes en una semana-, declaró el default. Tras varios años de renegociación, entre 2005 y 2010, se logró que el 91% de los tenedores de deuda  aceptaran una quita y el aplazamiento de los vencimientos.

El 9% restante –los holdouts, bonistas que no aceptaron las nuevas condiciones ofrecidas- siguió reclamando al país el pago de los bonos en las mismas condiciones en que fueron emitidos.  Gran parte de estos tenedores son los conocidos en el mundo de las finanzas como “fondos buitres”, capitales que se dedican a comprar bonos de economías en problemas en los momentos que sus cotizaciones se desploman y  luego reclaman  la cancelación de los mismos por cifras superiores a las que adquirieron estas obligaciones. El año pasado el juez de Nueva York, Thomas Griesa, dio por válido el reclamo de un sector de estos holdouts; con esta decisión puso en jaque toda la renegociación de la deuda Argentina y prolonga el aislamiento del país de los mercados internacionales de crédito.

Esta medida es una pésima señal para el futuro de los mercados financieros, ya que puede volver inviable una restructuración de deuda aceptada por la gran mayoría de los interesados y hace flaquear la soberanía de un país que se mostró dispuesto a negociar con sus deudores.

La falta de un marco claro para asegurar procesos de renegociación que son exitosos(como el argentino, aceptado por la porción mayoritaria de los tenedores) es una alarma para los próximos años, en donde más de un país puede llegar a enfrentar problemas, debido a las deudas contraídas  en estos años con bajas tasas de interés.

Fuentes:

http://www.cnnexpansion.com/economia/2015/06/29/tsipras-o-euro-el-dilema-para-los-griegos

http://internacional.elpais.com/internacional/2015/07/10/actualidad/1436521191_079789.html

http://internacional.elpais.com/internacional/2015/07/09/actualidad/1436470152_881825.html

Fotografía:  www.flickr.com – EuroCrisisExplained.co.uk

 

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