Destruyendo a Detroit – Parte II: Fin de Fiesta

El inicio del ocaso

En la primera parte de esta serie pudimos entender como la ciudad de Detroit cultivó su propio fracaso, aquí nos concentraremos en los resultados de su cosecha. A mediados del siglo XX, las ventajas geográficas que presentaba Detroit gracias a su proximidad a vías navegables y la facilidad de conexión ferroviaria comenzaban a desvanecerse en la medida que otras áreas de los Estados Unidos y el mundo empezaban a estar íntimamente conectadas con el mercado mundial. El renacimiento de Europa y el desarrollo asiático fueron de la mano de la disminución progresiva en los costos del transporte y la aparición de nuevas y mejores tecnologías. Ahora las fábricas podían ubicarse lejos de las ciudades principales, donde disponían de mayor espacio físico, y en casi cualquier otro punto del planeta.

(Estación de Trenes abandonada Michigan Central Station, Detroit – Kate Sumbler)

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Como explica Edward Glaeser, «entre 1890 y la actualidad, el costo real de transportar una tonelada por milla cayó de 20 centavos de dólar a solo dos centavos, así que ya no importa cuán cerca o no se encuentra una fábrica de un polo de transporte…» (Glaeser 2011) La caída de los costos del transporte facilitó que las empresas pudiesen utilizar otros criterios para la localización de fábricas, uno de ellos fueron los costos laborales.

Desde la creación del automóvil hasta los años posteriores a la Segunda Guerra, las ciudades del nor-este de Estados Unidos habían ejercido un semi-monopolio productivo en materia automotriz que les permitió conceder altísimos salarios y beneficios a sus empleados bajo las presiones de la UAW (United Automobile Workers). Los altos costos de producción debido a los salarios y pensiones habían sido trasladados a los precios y la disminución de la calidad de los vehículos.

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(Trabajadores huelguistas golpeando a un disidente durante la huelga del 3 de abril de 1941 frente a la planta Ford en Detroit – 1942 Pulitzer Prize, Photography, The Detroit News, Cliff)

En 1947, luego de superar el veto por parte del Presidente Truman, entró en vigencia la ley “Labor Management Relations Act” conocida como Taft–Hartley Act por el nombre de sus creadores. La ley prohibía una serie de medidas tales como las “huelgas solidarias”, los piquetes y las “huelgas jurisdiccionales”, así como también eliminaba la posibilidad de formar “fábricas cerradas” (Closed shops). Uno de los golpes más certeros al poder sindical fue la posibilidad de las “leyes del derecho al trabajo” (Right-to-work Laws) por las cuales los estados podían aprobar sus propias leyes prohibiendo las formación de las “unión shops”, instrumento por el cual previamente se forzaba por contrato a los empleados de una fábrica a afiliarse al sindicato luego de un plazo dado so pena de perder su trabajo.

En búsqueda de la disminución de los costos laborales y mayor autonomía de decisión, gran parte de las fábricas comenzaron a localizarse en los estados sureños donde las “Right-to-work laws” habían sido aprobadas, vaciando las ciudades del norte donde la presión política de los sindicatos imposibilitaba la existencia de tales leyes. Al mismo tiempo, gracias a la disminución de los costos del transporte y el desarrollo general del resto del mundo, nuevos competidores asiáticos como Honda y Toyota irrumpían en el mercado con estructuras empresariales y laborales diferentes y autos más pequeños y eficientes que ganaron terreno luego del aumento de los precios del combustible durante la crisis del petróleo en los años ’70.  Las anquilosadas automotrices norteamericanas no lograban reformar su rígida estructura empresarial y laboral, en parte declinando y en parte direccionando sus fondos para nuevas plantas industriales hacia países con menores costos laborales y los estados del sur en EEUU.

Las ciudades del norte perdían lentamente su población y su vitalidad urbana bajo este fenómeno de relocalización y declinación industrial.

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(Planta Packard abandonada, Detroit – carnagenyc)

Asegurando lo inevitable

Con la caída de la industria y los impuestos que estas aportaban, las arcas municipales se vieron cada vez más comprometidas. En 1962 la ciudad aplicó un nuevo impuesto a los ingresos, en 1971 hizo lo mismo con un impuesto a las utilidades (servicios públicos) y en 1999 creó un impuesto a los ingresos de los casinos. Con el objetivo de balancear los gastos, el alcalde Coleman Young aumentó sucesivas veces distintos impuestos durante su gobierno (1974 a 1994, un plazo considerablemente extendido), prestando especial atención en los impuestos progresivos y proporcionales sobre los ingresos, desalentando el establecimiento empresarial y emprendedor. Al mismo tiempo que la industria local decaía, la ciudad se esforzaba por asegurar su hundimiento expulsando a los ciudadanos más acaudalados que, posiblemente, podrían haber aportado el dinero y la experiencia necesaria como para ayudar a Detroit. Al intentar direccionar el dinero desde los bolsillos de los ricos hacia los servicios que subsidian a los más pobres, la ciudad terminó hiriendo de muerte toda posibilidad de recuperación, incluso para esos sectores más pobres que intentaba ayudar.

El éxodo de las clases medias y altas de la ciudad aseguró que Detroit se convierta en una ciudad poblada por ciudadanos con bajos niveles educativos y escaso espíritu empresarial. Desde la implementación de la línea de montaje de Ford en sus fábricas, la ciudad había atraído a miles de trabajadores sin experiencia a los que se les presentaba una buena oferta laboral donde, debido a la simplicidad de cada una de las tareas de la línea, no se les exigía mayor preparación. Pero las masas de operarios escasamente capacitados y compatibles con una estructura simple de jerarquías y órdenes, adecuadas para la producción en masa, se convirtieron en un pesado lastre para una ciudad que necesitaba desesperadamente emprendedores y entusiastas con buenos niveles educativos y preparados para innovar. Según Glaeser: «Ciudades como Detroit con grandes firmas sufrieron históricamente tasas de crecimiento de empleo siempre menores que aquellas ciudades con empleadores de menor tamaño. (…) Las grandes empresas integradas pueden ser productivas a corto plazo, pero no generan la competencia energética y las nuevas ideas tan necesarias para el éxito urbano a largo plazo.» (Glaeser 2011)

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(Escuela abandonada en Detroit – Thomas Hawk)

A la crisis local histórica se le adicionó, años después, la crisis general del año 2008. En ese contexto, el presidente George W. Bush junto al Capitolio aprobaron la Emergency Economic Stabilization Act, una serie de medidas económicas por parte del gobierno federal (Continuadas por el Presidente Barack Obama) entre las cuales se encontraba un inmenso salvataje (Bailout) financiero para grandes empresas al borde de la quiebra. Entre las beneficiadas se encontraban las “Tres Grandes”: General Motors, Chrysler y Ford.

En lugar de permitir que aquellas compañías ineficientes sean removidas del mercado por mejores competidores, el gobierno continuó protegiendo a sus aliados económicos en detrimento de todos los ciudadanos norteamericanos que pagaron el salvataje de sus bolsillos por medio de impuestos. De esta forma, tres empresas fundamentales en la economía local de Detroit evitaron corregir el rumbo de sus malas decisiones, permitiendo que el dinero federal siga inflando la insostenible burbuja económica sobre la ciudad.

Cuando una empresa toma malas decisiones en un mercado libre, es remplazado por un competidor cuyas decisiones y acciones son más adecuadas a las demandas de los consumidores. De esta forma no son solo “malas” empresas las desplazadas, sino también “malos” patrones de decisiones. Pero cuando el gobierno decide salvar a determinadas empresas, las estructuras de decisiones e incentivos se pervierten. Así se explica que gran parte del salvataje (85.000 millones de dólares) fue utilizado por las compañías para pagar las desproporcionadamente altas pensiones de los trabajadores sindicalizados bajo la UAW y suculentos bonos a los gerentes corporativos. Gerencia y sindicato, quienes habían llevado a las empresas al borde de la quiebra, eran recompensados. En cambio, por ejemplo, aquellos trabajadores no afiliados al sindicato nunca lograron cobrar sus pensiones y gran parte de los acreedores tampoco pudieron cobrar sus deudas.

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(Atardecer y edificios abandonados en la ciudad de Detroit – Kevin Madden)

Una burbuja insostenible

Cada accionar del gobierno al intentar evitar una caída empresarial tiene tres grandes efectos negativos. Por un lado beneficia injustamente a algunos a costa de otros. En segundo lugar, evita el desarrollo de un sano proceso de destrucción creativa que permite mantener en avance al motor del capitalismo. Con el término “destrucción creativa” el economista Joseph Schumpeter describió el proceso por el cual nuevos productos y competidores destruyen viejas empresas y modelos de negocios permitiendo una sana innovación en cualquier economía de mercado. Así, el crecimiento económico a largo plazo se ve alimentado por la fuerza de las innovaciones de aquellos emprendedores/empresarios que logran satisfacer las necesidades de los consumidores mejor que sus antecesores, los que son desplazados del mercado sin importar cuán bien establecidos podrían estar de antemano.

«El impulso fundamental que pone en marcha y mantiene la máquina capitalista está marcado por la nuevos objetos de consumo, nuevos métodos de producción y transporte, nuevos mercados, nuevos tipos de organización industrial – todos los elementos creados por la iniciativa capitalista. […] Así es la historia del aparato productivo de la industria del hierro y el acero, desde los hornos de carbón hasta la actualidad, o de la producción de energía, desde la rueda hidráulica a la turbina moderna, o la historia del transporte, desde la diligencia a la aeronave. La apertura de nuevos mercados, internos y externos, y los desarrollos organizacionales, desde el taller artesanal y la fábrica a los grandes conglomerados (…) ilustran el mismo proceso de mutación industrial – si se me acepta esta expresión biológica- que revoluciona incesantemente desde el interior de la estructura económica, destruyendo continuamente sus elementos envejecidos y creando continuamente elementos nuevos. Este proceso de Destrucción Creativa es el hecho fundamental del capitalismo: es al que en última instancia, el capitalismo y la empresa capitalista debe, de buen grado o mal grado, adaptarse. » (Schumpeter 1952 (1942))

Para poder entender el significado del proceso descrito por Schumpeter, es necesario comprender que la destrucción de una empresa ante la presión competitiva significa un avance progresivo, ya que como contraparte se encuentra, como causa de dicha caída, la creación de una alternativa creciente más viable que la anterior para los consumidores. El caso de Detroit es un ejemplo del proceso inverso. La rigidez forzada a fuerza de subsidios y salvatajes inhabilitó un saludable proceso de destrucción creativa entre competidores y nuevos emprendedores manteniendo a empresas y modelos productivos atrasados que malgastan recursos siempre escasos. Peor aún, se fomentan determinados modelos dejando en peores condiciones a competidores superiores, marginando innovaciones (productivas, comerciales, gerenciales, tecnológicas, etc.) que de lo contrario hubiesen expandido su presencia en el mercado. Como explicó Schumpeter, «Las situaciones emergen en un proceso de destrucción creativa en el que muchas empresas deben perecer…» (Schumpeter 1952 (1942))

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(Michigan y Griswold, Esquina ajetreada de actividad comercial en Detroit, 1920 – Wikipedia)

El tercer efecto corrosivo de los salvatajes, consiste en que en la medida que se alimenta a las empresas “envejecidas” y se las permite crecer más allá de su posición natural en el mercado, se aumenta los riesgos para la comunidad en general, ya que ante un cese en la corriente de subsidios y trato preferencial que las sostiene, la caída de las mismas ante nuevos competidores puede ser aún más estrepitosa, involucrando un repentino cese de actividades y oleadas de despidos masivos. Un descripción exacta de lo que sucedió en Detroit durante los beneficios industriales en la Segunda Guerra y luego en la crisis económica del 2008, y que tarde o temprano, ni el gobierno federal ni nadie podrá evitar. Aquellos gobernantes deberían comprender que «…ciertamente no hay razón para tratar de conservar las industrias obsoletas indefinidamente; pero no hay razón para tratar de evitar que se estrellen e intentar convertir una fuga caótica, que podría convertirse en una fuente de efectos depresivos acumulativos, en un retirada ordenada… » (Schumpeter 1952 (1942)) La ciudad semi-abandonada demuestra que incluso luego del masivo flujo de fondos el proceso de destrucción creativa resulta inevitable, aunque sí se logra, a fuerza de subsidios, alargar la duración de la agonía. Expandir artificialmente y salvar a una automotriz de la bancarrota no “evita que se estrelle”, solo atrasa la economía y siembra la semilla de un desplome aún más estrepitoso en el futuro.

Con la llegada de estos salvatajes a Detroit ninguna de las decisiones erróneas debía enmendarse, y el despilfarro podía continuar. El estado de negación generalizado logró plasmarse en los constantes rechazos de empleados estatales locales a los ajustes luego de la declaración en bancarrota del gobierno de la ciudad y sus pedidos por un nuevo salvataje financiero, esta vez del gobierno federal para con las arcas municipales.

Para ilustrar el desenfreno de actitudes autodestructivas que mantenía Detroit, recordemos que mientras la ciudad sufría su peor crisis, el dos veces elegido alcalde demócrata Kwame Malik Kilpatrick realizaba, desde su asunción en 2002, fiestas con desnudistas en la Mansión Manoogian, la residencia municipal oficial para los alcaldes. La “stripper” Tamara Greene fue asesinada en 2003 bajo sospechas de que su muerte pudo haber estado relacionado con la posibilidad de su testimonio ante la comisión que investigaba las fiestas realizadas por el alcalde; otras sospechas se direccionaron a la mujer del alcalde que, según contaban algunos testigos, se había ofuscado por como esta se había relacionado con su marido. Otro escándalo entre el alcalde y su jefa de personal en relación al uso indebido de fondos públicos terminó desencadenando la renuncia de Kilpatrick y su posterior encarcelamiento en 2008 habiendo sido encontrado culpable de 24 cargos federales por delitos graves. Las andanzas del alcalde le costaron a la ciudad más de 24 millones de dólares en gastos judiciales, el costo real en gastos innecesarios y evitables que implicaron las dos alcaldías de Kilpatrick supera ampliamente esa cifra. En 2010 Kilpatrick y parte de su familia fueron acusados de nuevos cargos de extorción, fraude y sobornos. Desde 2013 el ex alcalde cumple una sentencia de 28 años en una prisión federal de Oklahoma.

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(Grafiti acusando de mentiroso al ex-alcalde Kilpatrick, edificio abandonado en Detroit – Ray Dumas)

Mientras los ingresos se reducían, la ciudad continuaba el despilfarro aumentando sus gastos en pensiones y beneficios hacia sus empleados así como incursionando en costosos proyectos y programas municipales siendo intermitentemente salvada de pagar las consecuencias finales gracias a los fondos indirectos que el gobierno federal volcaba en las automotrices. El proceso por el cual cada ayuda empeoraba lentamente la situación de la ciudad no era nuevo, e incluso, como veremos en la última parte de esta serie de artículos, había logrado materializarse en edificios y grandes obras de ingeniería a lo largo de los años.

Bibliografía

Glaeser, Edward. Triumph of the City. New York: Penguin Publishing Group, 2011.

Schumpeter, Joseph Alois. Capitalismo, socialismo y democracia. Buenos Aires: Aguilar, 1952 (1942).

Fuente Imagen Destacada:

Piano ruinoso en el salón de baile principal del hotel abandonado Lee Plaza, Detroit – Rick Harris

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